Volver a empezar es la expresión más completa de la fina línea que separa la ficción de la realidad: entre vacaciones y trabajo diario. Después de tantos meses de inmovilidad pandémica y de teletrabajo, es una situación que afecta básicamente a quienes han podido disfrutar de unos días de ocio y a quienes tienen trabajo. Pero lo cierto es que el salto de un estadio a otro puede marcar un episodio de depresión volviendo a la realidad, marcado sobre todo por el abandono de la náutica y la puesta de calcetines y zapatos.

Así es la vida, como el esfuerzo de algunos por ponerse moreno: machaca la piel durante unos días y recupera la blancura en menos de un canto de gallo. Pero también es cierto que la pereza, a estas alturas, es mejor entenderlo como un signo de madurez mental. No sé si funciona como idea para una tesis de psicología clínica, pero es difícil encontrar en este momento mucha gente satisfecha y feliz con la realidad circundante: para los que no pudieron moverse, porque tuvieron que quedarse; para los que se fueron, porque han tenido que volver.

Poco después de regresar a Barcelona, ​​me encontré con una pancarta en la calle del centro de la ciudad, firmada por Arran, la organización juvenil vinculada a la CUP, que decía “Contra el turisme d’estiu. ¡Jovent combatiu!” La verdad es que no he podido descifrar el alcance del recurso. No sé si es un anti-vacaciones genérico o una limitación estacional: después de todo, el disfrute de las vacaciones siempre fue una aspiración laboral, así como la reducción de la jornada laboral y un salario digno. Pero quizás lo que me llamó la atención es el rechazo, la actitud contraria a un derecho como más evidencia de una cultura de negación que parece haberse extendido como la pandemia. Porque, además, visitantes no es que haya habido tantos en Barcelona.

Me pregunto qué ha pasado en la sociedad catalana, o al menos en una parte significativa de ella, para que vivamos instalados en el negacionismo y toda noticia positiva se convierte sistemáticamente en un problema. También es cierto que se trata de un asunto con una clara dimensión partidista y administrativa que podría ser aplicable a gran parte del resto del Estado. Quizás deberíamos exigir una vacuna contra la estupidez de la industria farmacéutica, porque parece claro que nos habíamos asentado en la cultura de no todo. Basta repasar las portadas de los periódicos del mes de agosto. No importa si se trata de la ampliación del aeropuerto de El Prat o de la eliminación de los peajes en las autopistas, la intención de instalar una franquicia Hermitage o el proyecto de los Juegos de Invierno para el que se pide un referéndum. ¿Qué ha sucedido realmente para que la buena noticia se lea negativamente, se perciba como un problema y termine siendo un motivo permanente de galimatías entre partidos o instituciones y dentro de cada uno de ellos?

Ahora hace catorce años, el que fue alcalde de la ciudad y presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, afirmó que “tener un aeropuerto transoceánico en Barcelona es más clave que ser o no una nación”. Lamentablemente, es imposible saber qué pensaría ahora sobre lo que está sucediendo con la ampliación del aeropuerto. En algunos casos, parece un ataque de delirio como el que tiene que hacer el primitivo y se angustia porque tendrá que pagar Hacienda. Es como si hubiera un gran esfuerzo por hacer creer que puedes oír, cuando la realidad es que no escuchas. Y esto se aplica a todos o casi todos: un portavoz de los comunes aseguró que “la expansión de El Prat es una bacanal de sectores del pasado”, mientras que el alcalde aseguró que “una economía competitiva no se logra en el siglo XXI haciendo más de lo mismo” y el presidente, Pere Aragonès, un independentista que vive exclusivamente para recitar la amnistía y el referéndum, afirma que le han engañado con el informe de Aena. Y todo por La Ricarda, una laguna declarada área protegida. Poco importa el alcance y el contenido de lo que se dice: lo fundamental es el uso demagógico del lenguaje.

Por si faltaba algo, la erección de barreras en las carreteras ha sido recibida por Ada Colau y su alegre niña con una solicitud de otros nuevos peajes: no precisamente a efectos de recaudación de impuestos, sino para evitar que los coches entren en la ciudad de Barcelona. ¡Porque contaminan! Olvidando que la ciudad vive en gran parte de su Área Metropolitana, pero la entiende como un coto cerrado donde puede hacer y deshacer a su antojo, lejos de entenderlo como un espacio e identidad común. Siempre queda la esperanza de que, ante que todo apunta a que ella perderá las elecciones municipales, la actual alcaldesa decida no comparecer y buscar una canonjía en quién sabe dónde. La esperanza también se viveAunque sus lágrimas cuando la abuchean en las fiestas de Gracia recuerdan más a las lágrimas de cocodrilo: las que derraman mientras devoran a sus víctimas, y no precisamente por lástima.

De todos modos, tendremos que aportar optimismo para intentar salir de este lío de tonterías. Será cuestión de gestionar los tiempos lo mejor que podamos. Leyenda urbana o no, se decía que el general Franco tenía dos pilas de carpetas en su escritorio: una con problemas que se resuelven con el tiempo y la otra con las que se resuelve el tiempo. Aquel que era un profesional en la gestión del tiempo: duró cuarenta años en el poder. ¡Que horrible!