La “digitalización”, como se la nombra desde el gabinete de Pedro Sánchez, o simplemente la transformación tecnológica de los medios de producción, no es un proceso mágico exento de categorías económicas o geopolíticas. La elección de las palabras escogidas para explicar este fenómeno -nos diría el crítico cultural Raymond Williams– en muchos casos sirve para ocultar los contornos de una ideología, la de Silicon Valley, que se encuentra harto asentada en nuestra sociedad moderna. Mediante una serie de metarrelatos y discursos tecnoutópicos que bloquean nuestros impulsos revolucionarios, en los cuales qué se dice pesa tanto como dónde se dice, se ha creado una hegemonía cultural que determina sobremanera el terreno presente de lo político. Esto es, las tecnologías han logrado un grado de control sobre nuestros cuerpos y mentes tal que la agenda de las élites se ha reforzado, en lugar de debilitarse, después de las sucesivas crisis del sistema.

Si continuáramos con la jerga de los herederos de Gramsci, podría decirse que existen una serie de intelectuales orgánicos que trabajan en la culminación de un nuevo bloque que comienza a dominar el mundo, conformado principalmente por una alianza entre las finanzas globales y las grandes tecnológicas (la burguesía de Wall Street y Silicon Valley). Ibai Llanos sería una suerte de streamer orgánico que organiza a la masa humana, elaborando en cada sesión una forma de orientarse en el mundo digital. Este sujeto es paradigmático de una época porque alcanza mayores audiencias o cotas de engagement -transmisión exitosa de la ideología dominante- que muchos de los intelectuales del bloque antiguo, los periodistas, y sus directos tienen más visitas que todas las iglesias españolas juntas en un día cualquiera. Huelga adelantarlo: ello sólo es posible gracias a Twitch, una plataforma (estructura) en propiedad de Amazon, un cuasimperio.

Ahora bien, pese a que sus mensajes sean progresistas, ello no implica que sus praxis en línea sean contrahegemónicas, radicales o que contribuyan a transformar la realidad en líneas distintas a las capitalistas. Más bien al contrario, Ibai ha logrado crear una marca digital que aglutina en torno a sí una posición “correcta” sobre buena parte de los debates en la esfera digital, en su mayoría superficiales debido al diseño probullshit (en favor de la información banal) presente en los algoritmos de Google, Facebook o Twitter. La mercantilización de cada ámbito de la vida es su única patria.

En términos filosóficos, este comunicador sería una culminación del sujeto emprendedor, un empresario de sí mismo que ha logrado trascender la identidad dual del consumidor-trabajador. A costa de jornadas de trabajo que llegan a las veinticuatro horas, Ibai Llanos entretiene a quienes están atrapados en dicha existencia de por vida y que, denegados de los medios digitales para descubrir formas de vida ajenas al mercado, sólo pueden ser a través de su cuenta. De hecho, la búsqueda de la identidad personal en la era digital termina donde comienza el enlace a un directo.

Ibai Llanos y la seducción del sistema

Más allá de su enorme ingenio, talento y creatividad (cualidades capitalizadas por Amazon), el streamer entretiene a una juventud alienada por el consumo, exasperada debido al futuro de un mercado laboral increíblemente precario, y en ocasiones fuente misma de pobreza. Pese a que siempre recomienda a la juventud no seguir su estela, Ibai parece expresar que existe un afuera a la existencia en este capitalismo tardío, aunque él mismo sufra síntomas de depresión.

Ana Iris Simón y su grupo de partidarios enmohecen el debate público con teorías que podemos calificar de precarias y que hacen uso de la conspiración como método

Aquí observamos un fenómeno difícilmente apreciable mediante el paradigma marxista, y su foco unidimensional en la producción, o las reacciones de distinto cuño en su nostálgica defensa, como las polémicas lanzadas desde Twitter por la periodista y novelista Ana Iris Simón para promocionar su exitoso libro de memorias Feria (2020). Ella y su grupo de partidarios enmohecen el debate público con teorías que podemos calificar de precarias y que hacen uso de la conspiración como método empírico. Una aproximación dialéctica hacia nuestro presente harto distinta partiría de que las plataformas tecnológicas llenan ciertos vacíos existenciales de la juventud en la posmodernidad, esa ansiedad sobre un futuro convertido en presente eterno.

Las empresas que controlan dichas infraestructuras necesitan agentes encargados de extender dicho poder. Es el caso de Ibai, que deposita todas sus cualidades humanas en comunicar una ideología, organizar la conciencia del proletariado y testar las formas de subjetividad requeridas para que la agencia humana en ningún caso utilice las tecnologías de manera transformadora y sólo se active para confirmar un pago en Paypal. Ello refleja algunos atributos clave sobre la cultura en su era de la reproductibilidad digital.

Por ejemplo, los estudios académicos en política comparada indican que las empresas tecnológicas à la Amazon gozan de una influencia política distintiva, pues controlan los términos de acceso a través de los cuales un gran número de consumidores acceden a bienes, servicios e información. Estas se benefician de la lealtad tácita de los consumidores, lo cual puede resultar en una fuente de oposición a las regulaciones que amenazan a estas plataformas.

El lado oscuro de la vida moderna

Volviendo al caso que nos ocupa, si bien la televisión y los personajes mediáticos siempre han gozado de una enorme capacidad para determinar los lindes de las batallas por la cultura, las plataformas van más allá. Un hecho evidente que La Vida Moderna y sus cómicos orgánicos, actualmente pasados de moda, demostraron hace años. Ahora bien, la usabilidad de Twitch a la hora de interactuar en tiempo real y de manera cercana mediante texto, gifs, iconos u otros elementos refleja nuevas formas de poder.
“Comenta, comenta, comenta”, como pedía Ibai Llanos casi de manera compulsiva a los seguidores en sus primeros vídeos. También es un hecho harto novedoso la experiencia de primer orden que supone la naturalización e identificación con el streamer (agente cultural) en la soledad de la habitación, sin platós televisivos y personajes impostados mediante; una nueva jaula de hierro, como dirían las corrientes weberianas.

Los streams de Ibai Llanos racionalizan las lógicas más draconianas de la industria cultural

Estas hipótesis deben entenderse junto a las particularidades de los videojuegos para entender la posmodernidad capitalista, estrechamente atada a las plataformas digitales. Concretamente, el “Games-as-a-service”, donde las habilidades en el juego, las relaciones entre compañeros y jugadores, la reputación interna y externa abre nuevas preguntas sobre cómo se construyen las identidades en esta época. Algunas evidencias sociológicas señalan que los streamers de Twitch o Doyou (si pensamos fuera del mundo anglosajón y entendemos que la particularidad europea no es el absoluto humano) se entrelazan con anunciantes, patrocinadores y otras plataformas de monetización de formas nunca vistas, moldeando así las acciones, necesidades y comportamientos de los consumidores en base a los intereses de los actores corporativos o comerciales.

Si bien Adorno estaría tirándose de los pelos para entender nuestro presente, las conclusiones psicológicas aplicadas al marketing complementan esta lectura al reflejar cómo Twitch opera sobre el comportamiento de los usuarios en el mercado, quienes dan (pagan la suscripción o donan) como resultado de creer estar ejerciendo su libertad (soberanía del consumidor), sentir el control sobre su propia vida, y experimentar la afinidad con los demás usuarios de la red a la hora de alcanzar el yo ideal en la sociedad moderna. Al brindar oportunidades para la autoextensión y la autodeterminación del usuario, los streams de Ibai Llanos conducen a una mayor conectividad y apoyo de la comunidad en comparación con las redes sociales; racionalizan las lógicas más draconianas de la industria cultural.

Obviando los ataques de periodistas frustrados, los streamers serían el “canario en la mina de carbón” de las futuras estrategias de monetización de contenido digital, es decir, una innovación en la producción y consumo digital encabezada por Amazon. El ejemplo más reciente es la adquisición por parte de la productora de Gerard Piqué de los derechos para emitir los partidos del PSG en España hasta 2024, los cuales serán retransmitidos en la cuenta de Twtich de Ibai Llanos. No olvidemos que Amazon posee los derechos de la Ligue 1, la competición futbolística francesa.

La nostalgia como programa político

En esta dirección, los estudios críticos con Internet hablan de la noción “captura de plataforma”, una relectura crítica de un concepto popular en los estudios de negocios, para demostrar cómo el propietario de esta plataforma (Twitch) aprovecha las asimetrías de las empresas o individuos dependientes de su poder para hacer evolucionar su máquina. De nuevo, la modernidad como proyecto inacabado (Habermas dixit) es una oportunidad de negocio para Silicon Valley.

Estos acercamientos vulgares hacia Silicon Valley no problematizan lo principal: la dependencia de las infraestructuras tecnológicas

En este interregno, volviendo a Gramsci, es donde surgen los monstruos. Dada la acuciante ruptura con la promesa de progreso que experimentamos desde la Segunda Guerra Mundial (Walter Benjamin ya nos alertó), un sector de la izquierda ha reaccionado añorando tiempos pasados. Lo resumía en un artículo reciente la pensadora Elizabeth Duval: “inventamos tiempos pasados para añorar que puedan consolarnos cuando las cosas van mal en el presente y [lo hacemos] porque somos incapaces de imaginar futuros mejores”.

Ciertamente, el problema principal es que las carencias de un potencial utópico transformador desde la izquierda, especialmente sobre cómo utilizar las tecnologías como una palanca política, y de ahí la pertinencia de ilustrar a Ibai Llanos como expresión cultural de una época, ha tenido como objeto colocar en la esfera pública toda suerte de palos ciego que nos demoran en las tareas revolucionarias, como criticar el antisemitismo de Netflix o el activismo start-up de Black Lives Matter. Estos acercamientos vulgares hacia Silicon Valley, retratándola como el enemigo moderno, encierran el siguiente problema: no problematizan la dependencia hacia las infraestructuras tecnológicas, carecen de una posición política propia sobre cómo utilizar las tecnologías de manera antisistémica y terminan hablando en los mismos términos que populistas de derecha radical de Steve Bannon, estratega de la victoria de Donald Trump.

Resulta evidente que la alienación de los ciudadanos respecto al sistema democrático deriva de la falta de representación, pues la política no se diferencia un ápice del modo de funcionamiento del sistema empresarial. La magia de Ibai Llanos es que trasciende esta dicotomía y representa a toda una generación post-15M gracias a las tecnologías de Amazon, aunque el problema del desencanto político siga ahí, lo cual explica por qué la ultraderecha mantiene cotas elevadas de influencia en España. En esta dialéctica, si bien los ciudadanos no gozan de los medios digitales para diseñar sus propias vidas, al menos pueden expresar su agencia en foros (mercados de nicho).

Marcos populistas de derecha

¿Dónde está la apropiación del valor, estrictamente en términos marxianos? ¿No es la capitalización de todas esas capacidades creativas que tienen lugar en Twitch un suceso incapaz de entenderse desde el paradigma de la producción? ¿Acaso la identidad, especialmente en la era digital, no es una fuente de conflicto tanto o más importante que determinadas resistencias sindicales en algunas industrias moribundas?

El fundamento de esta coyuntura ha sido descrito por uno de los pocos críticos culturales vivos capaz de trascender teóricamente a Raymond Williams, Eric Hobsbawn o Stuart Hall. En el segundo párrafo de Atlántico Negro, traducido por Akal en 2014, Paul Gilroy expresa que los descontentos de la modernidad han devuelto la nacionalidad, la etnia, la autenticidad y la integridad cultural como formas de identificación a la centralidad que alcanzaron como potencialidades revolucionarias en el siglo XVI y XIX. “Cualquier giro para entender la condición posmoderna no puede desdeñar el poder que estas subjetividades articulan. Al contrario, este ha crecido y su capacidad para entender políticamente el mundo no encuentra paralelo en los lenguajes de la clase y el socialismo que creyeron superarlo”.

La incapacidad de sostener las tesis de Marx en la era digital, o de entender cómo se articulan nuestra subjetividades más allá del trabajo, no puede llevarnos hacia aquello que algunos estudios recientes demuestran: “cierta izquierda ha empezado a emplear el concepto de posmodernismo como teoría de la conspiración equivalente, formal y conceptualmente, al marxismo cultural de la alt-right.” En un texto poco estudiado de 1995, Zygmunt Bauman ilustra a la izquierda como contracultura de la modernidad. “Lejos de ser una ‘clase peligrosa’, el trabajador organizado se ha convertido en el defensor más acérrimo de la ley y el orden.” Existirían varias consecuencias que extraer de esta política, la cual privilegia una filosofía de la historia determinada.

En lo teórico, si los trabajadores “realmente existentes” no se comportan de acuerdo con el patrón que sugiere la interpretación más ortodoxa del marxismo, su desviación se tiende a explicar culpando a los aparatos ideológicos del estado profundo, al consumismo, a las traiciones socialdemócratas (en el presente, “lo progresista”) o al debilitamiento de los intelectuales de izquierda (en este país, semejante argumento es sostenido por las mismas voces vendidas a los medios del régimen del 78). En la práctica, esta es una política sectaria de retirada hacia grupos de fieles cada vez más reducidos, donde quienes la practican refuerzan su legitimidad colectiva imputando a los trabajadores (apelando siempre a cómo deben ser idealmente y no como realmente son) sus propias tribulaciones de espíritu burgués.

En el caso patrio, ello se plasma en la apelación al trabajo bien remunerado o a los beneficios del estado del bienestar, es decir, en la pérdida de una posición de clase media. Básicamente, este es el discurso que defienden Ana Iris Simón y su grupo de afinidad. Por otro lado, el uso constante de conceptos como “precariado” refleja que esta corriente no reconoce la existencia de la más fiera de las pobrezas, que en buena medida se ceba con más ahínco sobre los sujetos que rechazan como revolucionarios por no ser lo suficientemente materialistas. Urge señalar que el terror racial fue la base del comercio y la degeneración ético-política del imperio británico.

En lugar de una intelligentsia que organice a las masas mediante el uso de tecnologías contrahegemónicas, una plétora de ‘estúpidos’ útiles ha emergido. Esta corriente fomenta el sentimiento de que la historia “está de su lado” para retroceder a un momento histórico anterior, no posmoderno. Ello sólo refuerza los marcos neoconservadores, los primeros en sacar conclusiones prácticas de la reaparición de nociones que la identidad de clase había hecho innombrables durante largo tiempo. Puede que algunos exponentes de la incipiente nouvelle droite española alcancen grandes réditos editoriales, pero cada venta alimenta la audacia política de quienes llevan décadas invirtiendo en mantener intactos los preceptos del sistema capitalista a cualquier precio, asentados en la acumulación y reproducción de la forma de la mercancía. Esa máxima es la que culmina Ibai Llanos, quien ha entendido la condición posmoderna mejor que nadie. Siguiendo a Calígula, hace streaming mientras los reaccionarios ni siquiera ven su huella. Salir de ese embrollo de manera dialéctica, tal es la tarea de la política de izquierdas en la era digital. Y para ello hacen falta más programadores y desarrolladres que columnistas.

Ekaitz Cancela es autor de ‘Despertar del sueño tecnológico’ (Akal, 2019). Prepara un libro sobre política en la era digital para la editorial Bellaterra, previsto para 2022.